
«…así, esos dos insectos apareándose fueron, en ese instante, una sola máquina liminal entre pasado y futuro: una nueva sal de dos cabezas, haciendo un truco a la muerte.»
Reproducimos a continuación el capítulo «Alma y maná», del libro La tradición oculta del alma, de Patrick Harpur, autor que, al tratar el alma en su obra, más que hablar de algo que se posee, habla de algo que hay que hacer.
***
¿Cómo será experimentar el Alma del Mundo? El poeta romántico William Wordsworth capta algo de su esencia al describir su infancia en El preludio:
A toda forma natural, flor o fruto o roca,
incluso a las piedrecitas que cubrían la calzada,
les concedí una vida moral: les vi sentir,
o los uní a un sentimiento: la inmensa masa yacía en un alma ligera
y todo lo que veía respiraba con sentido interno.[1]
Es posible que la mayoría de los niños sean capaces de entrever un mundo dotado de alma; pero pocos adultos, poetas incluidos, recuperan esta visión. En cambio, en las sociedades tradicionales es la norma. En el siglo XIX, E. B. Tylor lo denominó «animismo», palabra que, lamentablemente, prescinde de lo que pretende describir; porque para las culturas tradicionales no existe el animismo —ni ningún otro -ismo—, sólo un mundo que se les presenta en primera instancia como animado, daimónico, respirando con un sentido interno.
Los pastores siberianos de renos, los evenis —un pueblo cazador, además de pastor—, reconocen un principio que gobierna a los animales salvajes, opuesto al de los domesticados; que rige, de hecho, todo el paisaje. Se le representa como un anciano llamado Bayanay. Él es el señor de todos los animales, así como de los bosques, montañas y ríos. Pero también se le considera la fuerza o esencia —es decir, el alma— que hay detrás de toda superficie visible y hace que una cosa sea aquello que realmente es. Cada cosa es una manifestación de Bayanay, que, al mismo tiempo, es un poder elemental perpetuo y animador, capaz, como el mar, de «crecer y decrecer, extenderse o replegarse según el momento, en distintos lugares o para diferentes cazadores»; a veces actúa a tu favor y otras en contra. Igual que los animales, es «caprichoso y difícil de descifrar».[2] Conviene tratar como es debido a todas sus criaturas, y respetar tanto el cuerpo como el alma del animal que se caza para que, cuando se reencarne, se te ofrezca otra vez.
Todo lo imbuido de Bayanay es una presencia, consciente, con una determinada intención hacia ti. Un lugar, un árbol o hasta una herramienta pueden posar en ti una mirada benigna u hostil. Y debes adivinar su humor atentamente, y comportarte en consecuencia. En tu adivinación puede ayudarte a prestar una atención especial a señales apenas perceptibles: el vuelo de un cuervo, el chapoteo de un pez o el bufido de tu reno.
«Llegué a entender a Bayanay», escribe Piers Vitebsky, que vivió entre los evenis, «como un extenso campo de conciencia compartida que abarcaba el escenario del paisaje, además de todos los roles animales y humanos en el drama de acechar, matar y cocinar. Este estado de supraconsciencia era tan delicado y frágil que, al hablar de caza, sobre todo en el bosque, uno no podía referirse a los animales por sus nombres comunes.[3] Así, kyaga, un oso —que contiene la concentración más alta de Bayanay—, se convierte antes de la matanza en abaga, abuelo, como si en ese estado agudizado en que el alma se muestra a sí misma sea algo natural reivindicar la afinidad entre lo animal y lo humano. Después de la matanza, es una ofensa para Bayanay que alguien se muestre jactancioso o engreído; la delicadeza y la discreción son la pauta de todo lo que concierne al alma. No se debe hacer ninguna mención de la matanza, sino que el cazador ha de limitarse a decir: «Kungan churam» (He obtenido un hijo).[4]
MANA
Bayanay es un sinónimo de lo que la cultura melanesia denominaba mana, término introducido entre nosotros por E. H. Codrington en la década de 1890. También lo adoptaron otros antropólogos que reconocieron el mismo fenómeno en las tribus que estudiaban. Y es que, al parecer, todo el mundo se ha adherido a algo muy similar a mana: una fuerza presente en cada lugar y cada cosa, como un alma del mundo. Siempre es ambiguo, tan intangible como el aire, y sin embargo capaz de manifestar su presencia. Es impersonal y se difunde de manera uniforme en el universo, pero también es personal y se manifiesta más claramente en individuos, como propio poder de éstos. Es benévolo o maléfico según el momento, y siempre paradójico. Los humanos pueden adquirirlo mediante sus actos o por la experiencia acumulada con la edad. Irradia de ellos, de modo que, cuanto más mana poseen, más se amplía su esfera de influencia entre los vivos y más alarga su resistencia después de la muerte. El mana también se adhiere a nuestras posesiones. Cuanto más íntima es la posesión —una lanza, una azada, un tocado o un cuenco—, más mana propio hay inherente al objeto, de modo que no puede ser utilizado por otros cuando morimos. Puesto que está imbuido de una parte de nuestra alma, debe ser enterrado con nosotros o bien destruido, para evitar que siembre el infortunio entre los demás.
Nos hacemos eco de estas creencias cuando veneramos las reliquias de un santo o concedemos valor a la estilográfica de un escritor. Sentimos que estamos tocando una parte de ellos cuando tocamos sus cosas, así como atribuimos virtudes especiales a un recuerdo como el reloj del abuelo, o incluso a nuestras pertenencias más preciadas: ese cacharro motorizado que vamos arrastrando por las carreteras o el nuevo par de zapatillas que nos permiten correr más rápido que el viento. En cierta medida, no seríamos humanos si no fuéramos «animistas».
DESPOSAR UN OSO
Como vemos, Bayanay, mana o alma es lo que hoy tendemos a llamar la parte inconsciente de nuestra psique, nuestro salvaje mundo interior. Y aunque nuestra vida inconsciente sea completamente distinta de nosotros, no deja de ser el sustrato de nuestra vida consciente. Podemos considerar las elaboradas creencias y rituales que rodean la caza eveni como una guía del modo en que deberían conducirse todas las relaciones con el inconsciente. Pues, igual que Bayanay, el inconsciente es la base impredecible de nuestro sustento, tan nutritivo y lleno de peligros como un oso. El buen cazador «tiene Bayanay». Tiene el alma, el contacto con el inconsciente, que lo pone en sintonía con el Alma del Mundo y en especial con su manifestación como presa. Si antes de una caza sueña que tiene relaciones sexuales con una joven, es buena señal, porque ella es la hija de Bayanay.[5] Las relaciones con Bayanay son a menudo eróticas, sobre todo en su principal manifestación, como oso. Un oso despellejado se parece a un humano desnudo. Se dice que las mujeres que se familiarizan demasiado con el bosque son seducidas por osos, con los que comparten su guarida invernal para luego dar a luz camadas mixtas de bebés y oseznos.[6]
Los relatos de seducciones y abducciones por parte de dáimones son universales, ya se trate de los sidhe irlandeses, los jinn del desierto o, en estos tiempos modernos, los grises «alienígenas».[7] No hay que tomarlos literalmente, pero tampoco como supersticiones ridículas. Son mitos que, como he intentado sugerir, anteceden a tales distinciones con el fin de expresar una verdad mayor. «Estas cosas no ocurrieron nunca», dice Salustio de forma sublime; «existieron desde siempre».[8] Nuestras relaciones con el alma, con lo inconsciente, son tan recíprocas, eróticas y extrañas como desposar a un oso. No son abstractas o «espirituales», sino concretas como una caza de osos, que a su vez es tan parecida a una pesadilla o un sueño como un viaje al Otro Mundo. Te adentras en el temible bosque sintiente, donde aguardas y observas durante largo, largo rato. Hasta el menor signo es elocuente, portentoso, y pleno de significado. Entonces, el súbito y violento ataque… «Mis amigos», explica Vitebsky, «sufrían una transformación misteriosa que casi hacía que parecieran estar asustados de sí mismos». Y es que, por supuesto, el oso también está dentro. «En esta combinación terrible de alimento y crimen, en que el animal era cómplice y se enfurecía a la vez, había que honrar a la presa y al mismo tiempo engañarla».[9]
Siempre existe esta ambigüedad entre el alma vigorizadora y la destructiva, el amigo y el enemigo. Siempre el escalofrío de lo ajeno, pero también el reconocimiento de que lo ajeno somos nosotros mismos, con quien debemos interactuar y de quien dependemos. Los evenis creen que cada cazador tiene asignado cierto número de trofeos a lo largo de su vida, como si en su entorno hubiera una cantidad finita de mana, por lo que un éxito excesivo significa que no permanecerá por mucho tiempo en este mundo.[10] La moderación y el equilibrio gobiernan las relaciones recíprocas del hombre con el animal, así como nos sucede a nosotros con el alma.
Podemos apreciar lo intensa y religiosamente que se viven estas relaciones, y lo frágiles que son sin embargo ante las rigurosas certezas de la cultura occidental, ante su realidad blanca o negra y su insistencia en los hechos. Y qué rápidamente los pueblos indígenas aprenden a despertar del hechizo de su propia cultura, como si de un sueño se tratara, y a negar haber creído alguna vez que sus mujeres se casaban con osos o que hacían el amor con la bella hija de Bayanay. Y sin embargo, esta relación con nosotros mismos, con los demás y con el mundo no es sólo el trasfondo de las culturas tradicionales, sino también el de la nuestra antes de la revolución científica.
EL HILO INVISIBLE
Hasta principios del siglo XVII aproximadamente, apenas teníamos la noción de ser un «yo» transportado por un cuerpo, y menos aún un «yo» separado de un mundo «fuera» de nosotros. Más bien participábamos del mundo como un microcosmos dentro de un macrocosmos, una parte que reflejaba el conjunto. Como dijo Owen Barfield en Saving the Appearances, el hombre premoderno «no se sentía aislado por su piel del mundo externo hasta el punto en que nos ocurre a nosotros. Estaba integrado o ensamblado en él, y cada una de sus partes estaba unida a una parte distinta del mundo por un hilo invisible».[11] Más que islas, éramos embriones. Podemos verlo, explica, en pinturas en las que la perspectiva era innecesaria puesto que era como si el propio artista estuviera dentro de ellas. El mundo no se extendía más allá de nosotros como un escenario por el que nos movíamos, sino más bien como una prenda de ropa que llevábamos puesta.[12] Existe una gran diferencia entre el mundo que miramos a través de nuestros ojos y el mundo en el que participamos, profundamente implicado con cada fibra de nuestro ser. Pero probablemente para crear arte, con perspectiva o sin ella, no quede más remedio que poner nuestras almas en armonía con el Alma del Mundo.
La metáfora de la resonancia es particularmente apropiada cuando pasamos de los pastores de renos a los pigmeos de la selva tropical africana. Puesto que en la jungla la visibilidad es reducida, los pigmeos son especialmente sensibles al sonido. Su Alma del Mundo se llama molimo, el Animal de la Selva, y nunca se le ve, únicamente se le oye. En su libro La gente de la selva, Colin Turnbull describe cómo se convoca al molimo.
Para empezar, se prepara un lugar particular y se enciende una hoguera especial. Cada miembro del grupo aporta comida y madera, porque el molimo es un gran animal hambriento al que hay que alimentar y calentar. Lo más importante es que sólo se le atrae junto al fuego mediante el canto, sobre todo si alguien ha muerto o la caza es mala. En tales ocasiones, es como si la selva durmiera y hubiera que despertarla cantando. Se trata de una ocasión, además de peligrosa, solemne. Todos los hombres tienen que cantar, nadie queda exento. Si una mujer o un niño se topa sin querer con el molimo, muere.
El canto puede alargarse durante noches seguidas. Y cada noche, el molimo contesta y su canción de respuesta se oye a lo lejos en la selva. A medida que se aproxima, su llamada puede ser honda, suave y afectuosa, o bien un rugido de leopardo que ponga los pelos de punta. «Mientras los hombres entonaban sus cantos de alabanza al bosque», escribe Turnbull, «el molimo les contestó, primero de este lado y después del otro, circulando tan veloz y silenciosamente que parecía estar en todas partes al mismo tiempo. »
Luego, todavía oculto, se encontraba justo a mi lado, a poco más de medio metro, al otro lado de un muro pequeño pero espeso de hojas. Su réplica al canto de los hombres, que seguían cantando como si nada ocurriera, sonaba triste y nostálgico y sumamente hermoso».[13]
DOBLE VISIÓN
El pueblo nganga del Camerún cree que nacemos con cuatro ojos, dos abiertos y dos cerrados. Los cerrados se abren al morir. Si un niño nace con los cuatro ojos abiertos, ve a los ancestros invisibles. Como esto resulta perturbador, hay que cerrar dos de los ojos del niño mediante rituales para que no «regrese» —es decir, para que no muera—. Y al contrario, a las personas con vocación visionaria hay que abrirles los dos ojos cerrados. Se toma una cabra que represente a la persona y ésta recibe sus ojos cuando el animal es sacrificado. A un miembro de los ngangas, Eric de Rosnay —que también era sacerdote jesuita— le abrió su segundo par de ojos, sin él saberlo, un maestro llamado Din. Pese a desconocer su propia iniciación, De Rosnay pronto «empezó a ver de otra forma». Sus ojos «estaban abiertos» a la violencia oculta de la gente, y le sobrevenían imágenes de lo que había en el corazón de las personas.[14]
La apertura de los «ojos de la cabra», relacionada con la muerte y los ancestros, es una potente metáfora del poder de la intuición y el discernimiento. Es una imagen concreta de lo que William Blake llamaba «doble visión»:[15] la capacidad de ver, a través de la superficie de las cosas, lo que hay más allá. Los chamanes utilizan este poder para «ver dentro» de las personas y establecer qué mal padecen. Por ejemplo, pueden ver a un brujo luchando contra los ancestros por el alma de un paciente. Blake, por su parte, lo utilizó para hacer poesía:
Esta vida oscura de las ventanas del alma
distorsionan los Cielos de polo a polo
y te hacen creer una mentira
cuando miras con los ojos, y no a través de ellos.[16]
Cuando sólo vemos con los ojos, vemos el mundo tal como aparece; cuando vemos a través de ellos, vemos el mundo tal como es. La primera es la vista literal; la segunda, la visión metafórica. Blake lo expresó de forma más sucinta:
Con mi ojo interior, es un hombre anciano y gris;
con mi ojo exterior, es un cardo en mi camino.[17]
Con los ojos ve un cardo; a través de ellos un anciano. Ver nada más que un cardo es literalismo. Pero, de igual modo, si sólo viéramos «un hombre anciano y gris» estaríamos literalizando en otro sentido, convirtiendo la visión poética en ilusión o alucinación. Se trata pues de cultivar la «doble visión», que contempla el anciano en el cardo o la dríade en el árbol pero que no pierde de vista ni el cardo ni el árbol. «Pues doble es la visión de mis ojos, / y una doble visión me acompaña siempre».[18] Hay que conservar el sentido de la metáfora, de la traslación —de dos mundos interpenetrados—. Pero éste es también el movimiento fundamental de la imaginación. A través del mundo literal vemos el Otro Mundo cambiante que hay detrás. Y así la naturaleza misma es vista como el Otro Mundo. «Para el hombre de imaginación», escribió Blake, «la naturaleza es la imaginación misma».[19] Es nuestro brusco literalismo, y sólo él, lo que paraliza el fluir de la naturaleza, lo detiene en seco e insiste en una única realidad «fáctica».
Todos los trabajos imaginativos nos reintroducen en la doble visión. Nos muestran otra realidad más profunda. Por muy prosaico que sea el tema de un cuadro de Cézanne o Van Gogh —un cuenco con fruta o un par de botas—, éste irradia vida propia. Está animado, como una persona. Es una presencia. (Es un daimon). «La alternativa al literalismo», escribió Norman O. Brown, «es el misterio».[20] El arte expresa la misma «doble visión» que se requiere para ver, leer o escuchar bien.
Ver el alma como una sombra, como hacen tantas culturas tradicionales, es una imagen compacta de la doble visión. A una persona se la considera ante todo doble, como cuerpo y sombra, donde «sombra» evoca un gemelo oscuro, el inconsciente que sólo es visible cuando se bloquea la luz dominante de la conciencia. Pero, aunque la sombra es del todo concreta, también es fugaz e inasible.
SAGRADO Y PROFANO
Para defender el alma, he tenido que ser devotamente antiliteralista. Pero, aparte del hecho de que siempre es sospechoso defender algo con demasiado fervor, ahora debo hablar a favor del literalismo del que tanto nos cuesta escapar. En efecto, puede que los mitos sobre una Caída sean exactamente eso: relatos sobre el salto desde el Otro Mundo daimónico de la imaginación, simbolizado por nuestros Edenes y Arcadias, al frío y gris mundo de los hechos. Si no hubiera ninguna Caída, ningún salto al literalismo, el alma se manifestaría en todas partes, como ocurría cuando Dios se paseaba junto a Adán con la brisa de la tarde. No estaría entonces oculta; ni sería secreta o misteriosa. No nos veríamos llamados a ejercer nuestros poderes imaginativos de reflexión, discernimiento y creación de mitos de los que depende nuestro desarrollo anímico.[21] Al parecer, necesitamos ese literalismo que tanto nos entumece si no vemos a través suyo. Debemos adquirir la «doble visión» sin la cual no habría arte ni religión que merecieran tal nombre, porque no habría otra realidad detrás de ésta, no habría profundidad.
Quizá cuando más sentimos la presencia del alma es en aquellos momentos en que la profundidad hace su aparición. Al contemplar una obra de teatro, o un ballet o un concierto (es una sátira de nosotros mismos que seamos espectadores cuando en las culturas tradicionales todo el mundo participaba), a veces el artista y el público se convierten en uno; los bailarines danzan fuera de su piel y al público se le eriza el vello. El alma ha hecho su entrada misteriosa, y eso es lo que todos deseamos pero nunca podemos fraguar o predecir. El alma intensifica y después conecta. O conecta al intensificarse. Aparece en un paisaje, y es como si la perspectiva se inventara a sí misma ante nuestros ojos, como si todo cobrara vida de modo semejante a una presencia. Aparece en una conversación casual, y de repente ya no estamos hablando con un conocido sino con un amigo con el que conectamos a un nivel más profundo y tácito. El alma es lo que convierte acontecimientos corrientes en experiencias, y lo que confiere a un instante pasajero profundidad, conexión y resonancia. Aunque no podamos describirlo, el efecto es inconfundible: una sensación de calma en la cabeza y de plenitud en el corazón. Es obvio que es el alma lo que se transmite y recibimos en esa experiencia, igual de inefable, que llamamos amor.
Cuando los amigos pigmeos de Colín Turnbull le permitieron que los ayudase a «hacer salir al molimo», le sorprendió descubrir que era un trozo de tubería de metal robado de una obra de construcción al borde de la carretera. El molimo original estaba hecho de bambú, cuidadosamente tallado y decorado; pero, tal como le explicaron los hombres, el de metal era mejor porque no se pudría como los antiguos ni precisaba tanto trabajo a la hora de hacerlo. A Turnbull le costó conciliar un objeto tan mundano, y una actitud tan profana, con la sacralidad de una ceremonia del molimo. Pero los pigmeos no tenían ese problema: sólo se trataba de una tubería de metal mientras «dormía» en el árbol donde lo escondían. En cuanto lo «hacía salir», se convertía en el molimo. De camino al campamento, por ejemplo, había que dejarle «beber» de cada arroyo. Pero no se transformaba verdaderamente en molimo hasta que soplaban en él y le hacían cantar.[22]
Los humanos podemos sacralizar cualquier cosa. Para la mente profana, no hay nada sagrado: el alma de la selva es una simple tubería de metal; la sangre de Cristo no es más que un vino empalagoso. Todo depende del acto creativo de la imaginación. Cuanto más dotamos al mundo de imaginación, más alma adquiere y más alma nos devuelve, con su elocuente canto.
- [1] Wordsworth, III, versos 127-132. <<
- [2] Vitebsky, 2005, págs. 259-261. <<
- [3] Ibid., págs. 268-269. <<
- [4] Ibid., pág. 269. <<
- [5] Ibid., pág. 265. <<
- [6] Ibid., pág. 264. <<
- [7] Harpur, 1994, passim. <<
- [8] «Sobre los dioses y el mundo», IV, citado en Murray, Gilbert, Five Stages of Greek Religion, Londres, 1925. <<
- [9] Vitebsky, 2005, pág. 269. <<
- [10] Ibid., pág. 296. <<
- [11] Barfield, pág. 78. <<
- [12] Ibid., págs. 94-95. <<
- [13] Turnbull, 1963, pág. 28. <<
- [14] My Goat’s Eyes. Channel 4, 3 de junio de 1996. <<
- [15] Carta a Thomas Butts, 22 de noviembre de 1802, versos 27-28, en Blake, pág. 817. <<
- [16] «El Evangelio eterno», versos 103-106, en Blake, pág. 793. <<
- [17] Op. cit., versos 29-30, en Blake, pág. 817. <<
- [18] Op. cit., versos 27-28, en Blake, pág. 817. <<
- [19] Carta al doctor Trusler, 23 de agosto de 1799, en Blake, pág. 793. <<
- [20] Citado en Hillinan, 1975, pág. 149. <<
- [21] Ibid., pág. 150. <<
- [22] Turnbull, 1963, págs. 74-75. <<
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