La ventisca empezó a empujarnos, traía una niebla muy
densa y los rastros de los lobos nos hadan adentrarnos en
el bosque, lejos de nuestro camino de regreso. Tuvimos
que abandonarlos, decirles adiós, para volver a duras penas
con nuestros esquís hada el collado en el que habíamos
dejado el coche.
Tras varios kilómetros, la nieve empezó a caer y llegamos
al valle del día anterior. En perpendicular a nuestro
trazado, nos topamos con el rastro de la manada, que
tenía unas pocas horas, como mucho: habían pasado esa
misma mañana, con trote de desfile, dan soberano, primero
siguiendo una sola línea y, luego, una explosión en
delta de individuos que cruzaba el sendero humano. De
nuevo ese efecto de dinastía feudal, ¿por qué? Los rastros
tienen aquí una tonalidad de existencia característica: un
mensaje expansivo, demostrativo, casi fanfarrón, muy
distendido, pavoneándose, sin ocultarse ni un instante.
No son en absoluto los rastros febriles del rebeco, ni
aquellos otros vigilantes del corzo por los linderos, no:
a pleno sol, indolentes, curiosos, exploradores, vectorizados
por un grupo que tranquiliza y ofrece seguridad.
Hay algo etológico, más allá de lo humano, en el efecto de grupo: algo que todos hemos sentido, quizá desde
dentro, en un bar, entre amigos, y a menudo desde fuera,
cuando estamos en la calle, ese efecto de «llegada a la ciudad». El efecto de grupo es una ascendencia animal que
comparten varias especies, las que se han aventurado a
esta forma de vida social original. Es una convergencia
existencial. Desde dentro: en grupo se es más fuerte, se
está más seguro, menos cohibido, todo es menos personal, más acéfalo y, al mismo tiempo, se habla con más vehemencia; desde fuera: un grupo da un poco de miedo,
está rodeado por una membrana, es su propio territorio.
Dos individuos y un grupo no son el mismo fenómeno
etológico cuando nos los cruzamos en una acera o por el
bosque. Un grupo es autónomo, es metamórfico como
un banco de peces, es peligroso, se forma y se deforma,
está vuelto hacia adentro, puede hacer caso omiso del
afuera y, sin embargo, tiene antenas y ojos en la espalda,
resulta imposible de sorprender, no corre peligro en la
superficie de la piel, como los solitarios. Está vuelto hacia
adentro, menos atento al afuera y, sin embargo, es más
expansivo hacia ese afuera, más afirmativo, con más Capacidad de exploración, más alegre, más ruidoso, se siente más en casa. Es un efecto del mismo tipo del que producen a veces las huellas de una manada de lobos. ¿Cómo
leer en los rastros un estar en el mundo una tonalidad de
leer en los rastros un estar en el mundo, una tonalidad de
la existencia?
Rastrear no es leer, como creí y escribí durante mucho
tiempo. Es similar, porque leer es un desvío del rastreo
original, del gesto perceptivo y mental de la interpretación
de secuencias seguidas de señales en el barro
que conforman una historia. Pero leer es una forma muy
concreta del rastreo, inducida por la dimensión estrictamente
intencional del mensaje escrito y su fuerte carga
semántica y simbólica. En general, rastrear es algo mucho
más ambiguo y elevado que leer: es traducir. Traducir
las señales ofrecidas por un ser vivo que es, a la vez,
ajeno y pariente. Traducir «intraducibies». El concepto de
«intraducibie» es muy elegante, porque nombra la imposibilidad
de traducir, en el sentido de que nunca se obtendrá
el «verdadero» sentido, lo que permite formular una
regla de probidad muy sencilla, sin que ello quiera decir,
no obstante, que haya que dejar de buscarlo. Al contrario,
hay que seguir intentando traducir el intraducibie indefinidamente.
Se trata de un concepto propuesto por la
filósofa Barbara Cassin para referirse a aquellas palabras
que, idiomáticamente, pertenecen con tal profundidad a
una lengua que todo intento de traducirlas por una única
y misma palabra fracasa: así, por ejemplo, la saudade
de los brasileños, el Dasein alemán, el spleen inglés… Ante
estos intraducibies no es que haya que callarse: deben traducirse,
desde luego, pero traducir consiste, entonces, en
volver a retraducir, en repetir los intentos de hacer justicia.
Creo que se puede decir lo mismo del tema que aquí
nos ocupa: frente a los comportamientos, frente a las formas
de vida de los otros seres vivos, estamos abocados a
traducir intraducibies. El sentido está siempre en suspenso,
corremos tras él, no dejamos de retraducir, tememos
siempre el malentendido, pero este a veces es creador, y,
de acuerdo, el diccionario perfecto de las otras formas de
vida no existe, pero sin duda hay que vivir, y vivir juntos.
Era ya hora de volver; la niebla ocultaba todos los caminos
y los relieves. En un momento determinado, en la
ventisca, transido de frío, hundiendo los bastones como
un autómata para avanzar hacia el mundo de las grandes
ciudades, seguí un sendero por el que habían pasado humanos
con raquetas, ciervos y otros animales intraducibies.
Ese sendero era el que nos había de devolver a casa
y, en ese mismo sendero, había rastros recientes de un lobezno
de unos seis meses.
Se había separado de la manada en el collado y exploraba,
hábil, ese camino por el flanco del valle, nuestro camino,
el único que nos quedaba, con la esperanza de que
llegara hasta el cálido hogar. Yo no distinguía apenas más
que sus pequeñas pisadas de lobo en la niebla, como si fuera
guiándonos. Al cabo de varios centenares de metros,
nos dimos cuenta de que se trataba, probablemente, de
una hembra. La orina estaba entre las patas, hacia detrás
de las posteriores y no hacia delante, como ocurre con los
machos jóvenes, ni hacia un lado, como ocurre con el líder.
(Obsérvese que, entre los lobos, solo el macho líder
levanta la pata para orinar, mientras que, en el caso de los
perros, todos los machos lo hacen, lo que hace pensar que
todos los perros domésticos, incluso los que van solos, incluso
los gozques, están convencidos, en su fuero interno,
de que son machos alfa).
Por lo tanto, el animal al que íbamos siguiendo en la
niebla era una diestra cría de lobo que se había apartado
de la manada en lo alto del collado e iba explorando sola
ese flanco de la montaña. En repetidas ocasiones se salía
del sendero, patrullaba varios metros por un lado para
oler o ver algo, y a nosotros nos invadía una leve tristeza
por perderla, porque nos había abandonado, y luego,
invariablemente, volvía al sendero, que seguíamos esquiando
sobre sus huellas, con la alegría de haber vuelto
a encontrarla. Es el mismo tipo de patrullaje que vemos
cuando seguimos a una manada: todos van por un mismo
rastro y, con cierta regularidad, un individuo curioso sale
a formar un arabesco hacia la derecha o hacia la izquierda,
y luego regresa a la fila.
Allí la fila estaba formada por ese sendero, con los rastros
humanos, los de los ciervos, y tuve la extraña sensación
de que todos pertenecíamos a la misma manada
enorme y mulriespede, un grupo al que la joven loba iba
guiando a través de la niebla. Era tina exploradora que
avanzaba por un camino común. Fue un día bonito.
Blog
-
Baptist Morizot, ser un grupo y que la especie importe
-
Entrada dos
Entrada dos
La piedra no es algo fácil de definir con precisión.
(más…)
Si nos contentamos con una descripción sencilla, podemos decir en primer lugar que es una forma o un estado de lo pétreo entre la roca y el pedregullo.
Pero esta afirmación ya implica una noción de la piedra que debe ser justificada.
No me reprochen entonces que en esta materia me remonte más atrás que el mismo diluvio. -
TITULO
encabezado
No vean, lo que busco es salir de esa insípida noria en la que el hombre gira bajo el pretexto de permanecer fiel al hombre, a lo humano, y donde el espíritu (al menos mi espíritu) se aburre hasta morir. Y eso, no importa qué objeto me lo proporcione.
Si quieren tomar la tangente, si les aburre circular siempre por la misma ranura (pueden ir a China, a Madagascar, se darán cuenta de que son siempre los mismos proverbios), si quieren tomar la tangente, síganme –esto tiene un aspecto pretencioso– pero es al mismo tiempo tan simple. No tendrán que seguirme muy lejos.
Esto es una leyenda Solamente hasta esa colilla, por ejemplo, cualquier cosa a condición de considerarla honestamente, es decir, finalmente (sin cuidado de todo lo que se nos cuenta sobre el espíritu, sobre el hombre) a considerarla sin vergüenza.