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  • Baptist Morizot, ser un grupo y que la especie importe


    La ventisca empezó a empujarnos, traía una niebla muy
    densa y los rastros de los lobos nos hadan adentrarnos en
    el bosque, lejos de nuestro camino de regreso. Tuvimos
    que abandonarlos, decirles adiós, para volver a duras penas
    con nuestros esquís hada el collado en el que habíamos
    dejado el coche.
    Tras varios kilómetros, la nieve empezó a caer y llegamos
    al valle del día anterior. En perpendicular a nuestro
    trazado, nos topamos con el rastro de la manada, que
    tenía unas pocas horas, como mucho: habían pasado esa
    misma mañana, con trote de desfile, dan soberano, primero
    siguiendo una sola línea y, luego, una explosión en
    delta de individuos que cruzaba el sendero humano. De
    nuevo ese efecto de dinastía feudal, ¿por qué? Los rastros
    tienen aquí una tonalidad de existencia característica: un
    mensaje expansivo, demostrativo, casi fanfarrón, muy
    distendido, pavoneándose, sin ocultarse ni un instante.

    No son en absoluto los rastros febriles del rebeco, ni
    aquellos otros vigilantes del corzo por los linderos, no:
    a pleno sol, indolentes, curiosos, exploradores, vectorizados
    por un grupo que tranquiliza y ofrece seguridad.
    Hay algo etológico, más allá de lo humano, en el efecto de grupo: algo que todos hemos sentido, quizá desde
    dentro, en un bar, entre amigos, y a menudo desde fuera,
    cuando estamos en la calle, ese efecto de «llegada a la ciudad». El efecto de grupo es una ascendencia animal que
    comparten varias especies, las que se han aventurado a
    esta forma de vida social original. Es una convergencia
    existencial. Desde dentro: en grupo se es más fuerte, se
    está más seguro, menos cohibido, todo es menos personal, más acéfalo y, al mismo tiempo, se habla con más vehemencia; desde fuera: un grupo da un poco de miedo,
    está rodeado por una membrana, es su propio territorio.
    Dos individuos y un grupo no son el mismo fenómeno
    etológico cuando nos los cruzamos en una acera o por el
    bosque. Un grupo es autónomo, es metamórfico como
    un banco de peces, es peligroso, se forma y se deforma,
    está vuelto hacia adentro, puede hacer caso omiso del
    afuera y, sin embargo, tiene antenas y ojos en la espalda,
    resulta imposible de sorprender, no corre peligro en la
    superficie de la piel, como los solitarios. Está vuelto hacia
    adentro, menos atento al afuera y, sin embargo, es más
    expansivo hacia ese afuera, más afirmativo, con más Capacidad de exploración, más alegre, más ruidoso, se siente más en casa. Es un efecto del mismo tipo del que producen a veces las huellas de una manada de lobos. ¿Cómo
    leer en los rastros un estar en el mundo una tonalidad de
    leer en los rastros un estar en el mundo, una tonalidad de
    la existencia?
    Rastrear no es leer, como creí y escribí durante mucho
    tiempo. Es similar, porque leer es un desvío del rastreo
    original, del gesto perceptivo y mental de la interpretación
    de secuencias seguidas de señales en el barro
    que conforman una historia. Pero leer es una forma muy
    concreta del rastreo, inducida por la dimensión estrictamente
    intencional del mensaje escrito y su fuerte carga
    semántica y simbólica. En general, rastrear es algo mucho
    más ambiguo y elevado que leer: es traducir. Traducir
    las señales ofrecidas por un ser vivo que es, a la vez,
    ajeno y pariente. Traducir «intraducibies». El concepto de
    «intraducibie» es muy elegante, porque nombra la imposibilidad
    de traducir, en el sentido de que nunca se obtendrá
    el «verdadero» sentido, lo que permite formular una
    regla de probidad muy sencilla, sin que ello quiera decir,
    no obstante, que haya que dejar de buscarlo. Al contrario,
    hay que seguir intentando traducir el intraducibie indefinidamente.
    Se trata de un concepto propuesto por la
    filósofa Barbara Cassin para referirse a aquellas palabras
    que, idiomáticamente, pertenecen con tal profundidad a
    una lengua que todo intento de traducirlas por una única
    y misma palabra fracasa: así, por ejemplo, la saudade
    de los brasileños, el Dasein alemán, el spleen inglés… Ante
    estos intraducibies no es que haya que callarse: deben traducirse,
    desde luego, pero traducir consiste, entonces, en
    volver a retraducir, en repetir los intentos de hacer justicia.
    Creo que se puede decir lo mismo del tema que aquí
    nos ocupa: frente a los comportamientos, frente a las formas
    de vida de los otros seres vivos, estamos abocados a
    traducir intraducibies. El sentido está siempre en suspenso,
    corremos tras él, no dejamos de retraducir, tememos
    siempre el malentendido, pero este a veces es creador, y,
    de acuerdo, el diccionario perfecto de las otras formas de
    vida no existe, pero sin duda hay que vivir, y vivir juntos.
    Era ya hora de volver; la niebla ocultaba todos los caminos
    y los relieves. En un momento determinado, en la
    ventisca, transido de frío, hundiendo los bastones como
    un autómata para avanzar hacia el mundo de las grandes
    ciudades, seguí un sendero por el que habían pasado humanos
    con raquetas, ciervos y otros animales intraducibies.
    Ese sendero era el que nos había de devolver a casa
    y, en ese mismo sendero, había rastros recientes de un lobezno
    de unos seis meses.
    Se había separado de la manada en el collado y exploraba,
    hábil, ese camino por el flanco del valle, nuestro camino,
    el único que nos quedaba, con la esperanza de que
    llegara hasta el cálido hogar. Yo no distinguía apenas más
    que sus pequeñas pisadas de lobo en la niebla, como si fuera
    guiándonos. Al cabo de varios centenares de metros,
    nos dimos cuenta de que se trataba, probablemente, de
    una hembra. La orina estaba entre las patas, hacia detrás
    de las posteriores y no hacia delante, como ocurre con los
    machos jóvenes, ni hacia un lado, como ocurre con el líder.
    (Obsérvese que, entre los lobos, solo el macho líder
    levanta la pata para orinar, mientras que, en el caso de los
    perros, todos los machos lo hacen, lo que hace pensar que
    todos los perros domésticos, incluso los que van solos, incluso
    los gozques, están convencidos, en su fuero interno,
    de que son machos alfa).
    Por lo tanto, el animal al que íbamos siguiendo en la
    niebla era una diestra cría de lobo que se había apartado
    de la manada en lo alto del collado e iba explorando sola
    ese flanco de la montaña. En repetidas ocasiones se salía
    del sendero, patrullaba varios metros por un lado para
    oler o ver algo, y a nosotros nos invadía una leve tristeza
    por perderla, porque nos había abandonado, y luego,
    invariablemente, volvía al sendero, que seguíamos esquiando
    sobre sus huellas, con la alegría de haber vuelto
    a encontrarla. Es el mismo tipo de patrullaje que vemos
    cuando seguimos a una manada: todos van por un mismo
    rastro y, con cierta regularidad, un individuo curioso sale
    a formar un arabesco hacia la derecha o hacia la izquierda,
    y luego regresa a la fila.
    Allí la fila estaba formada por ese sendero, con los rastros
    humanos, los de los ciervos, y tuve la extraña sensación
    de que todos pertenecíamos a la misma manada
    enorme y mulriespede, un grupo al que la joven loba iba
    guiando a través de la niebla. Era tina exploradora que
    avanzaba por un camino común. Fue un día bonito.

  • Entrada dos

    Entrada dos

    La piedra no es algo fácil de definir con precisión.
    Si nos contentamos con una descripción sencilla, podemos decir en primer lugar que es una forma o un estado de lo pétreo entre la roca y el pedregullo.
    Pero esta afirmación ya implica una noción de la piedra que debe ser justificada.
    No me reprochen entonces que en esta materia me remonte más atrás que el mismo diluvio.

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  • TITULO

    encabezado

    No vean, lo que busco es salir de esa insípida noria en la que el hombre gira bajo el pretexto de permanecer fiel al hombre, a lo humano, y donde el espíritu (al menos mi espíritu) se aburre hasta morir. Y eso, no importa qué objeto me lo proporcione.
    Si quieren tomar la tangente, si les aburre circular siempre por la misma ranura (pueden ir a China, a Madagascar, se darán cuenta de que son siempre los mismos proverbios), si quieren tomar la tangente, síganme –esto tiene un aspecto pretencioso– pero es al mismo tiempo tan simple. No tendrán que seguirme muy lejos.

    Esto es una leyenda

    Solamente hasta esa colilla, por ejemplo, cualquier cosa a condición de considerarla honestamente, es decir, finalmente (sin cuidado de todo lo que se nos cuenta sobre el espíritu, sobre el hombre) a considerarla sin vergüenza.